Al romper el alba, la luz azulada de los humedales que precede al amanecer espesa los vapores que se elevan del agua. Los contornos se pierden en una bruma densa que reduce mi sentido de la orientación. En cambio, el resto de los sentidos —el tacto, el olfato y el gusto— se me agudizan con la fresca brisa matizada de clorofila. El barro engulle las suelas de mis botas. La llamada quejumbrosa y lejana del cuclillo a su pareja despierta mi curiosidad: ¿dónde estará?

El colectivo Tejidos de agua tiene como objetivo dar a conocer lo desconocido sin quitarle su misterio. Queremos que de una percepción de los humedales como lugares pestilentes propensos al paludismo, pasemos no solo a admitir que son imprescindibles para el secuestro de carbono orgánico, sino también lugares de encanto donde descansan las aves migratorias, ecosistemas de una biodiversidad extraordinaria. Así por ejemplo en Peñalara, donde cohabitan lagartijas, salamandras, tritones, ranas, plancton y todo tipo de cianófitas, esas maravillosas algas verdeazules presentes en el origen de la vida que inventaron la fotosíntesis e inyectaron oxígeno en una atmósfera irrespirable.

Buscamos formas de comunicar y hacer sentir hasta qué grado las aguas estancadas de los humedales no son en absoluto aguas muertas sino, bien al contrario, aguas extraordinariamente vivas.

Celebremos nuestra cohabitación.


June Papineau
Ginebra, febrero de 2019